miércoles, 29 de julio de 2009

El poder de la mente o el poder de Dios

Qué preocupación no tener trabajo. O mejor dicho, no tener la cantidad acostumbrada, porque así como si hubiera sido un reloj, un acto programado de prestidigitación, el mismo día en que se acabó el último trabajo de la otrora abundante fila de encargos, llegó este gigante de sopetón para ocupar tres semanas de un solo golpe. Pero los días fueron pasando, las semanas son cortas y "El Trabajo del Siglo" se estaba terminando. Y nada, nada en el horizonte, ni siquiera un trabajito chiquito para un par de horas. ¿Qué hacer cuando este se acabara, cómo encontrar algo para poder pagar las cuentas?. Hoy me he levantado dispuesta a tomar el toro por los cuernos. Ya bañada, mientras hacía tres minutos de ejercicio en la elíptica, miré mi reflejo en la ventana fijamente y pensé que dentro de mí mora Dios, que él en su infinita magnificencia no me dejaría pasar penurias, que hoy sería un día distinto, mejor, sonriente, lleno de abundancia, que yo podía salir airosa de la adversidad que se anunciaba. Y he aquí que ya en la tarde habían llegado dos clientes: uno con dos trabajos y el otro con ¡once trabajos! Parece invento, pero así fue.

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